22.7.10
Frases fuera de contexto (de una prueba de sonido)
-Se me trancan dos teclas.
-Yo estoy bien.
-A mí me gusta más fuerte.
Pregunta: ¿Está Plana?
Respuesta: Casi, bajé los medios
-Cuando suene todo, capaz se pierde.
Diágolos porteños oídos al pasar
Policía 1: Es la tercera vez que viene esta semana a vender lo mismo.
Policía 2: …
Policía 1: Si sigue viniendo le voy a tener que decir que venga menos o que no venga más. Pero si le digo eso o le saco las cosas ¿de qué va a vivir?
Policía 2: …
Corrientes y Uruguay. Atardecer frío.
Mujer aparentemente de cincuenta y poco: Mañana no te olvides de sacarme eso.
Mujer aparentemente veinteañera: Dale. Mandale un beso a papá.
Mujer aparentemente de cincuenta y poco: Chau belleza.
18.5.10
Tres clases de moral y buenas costumbres
Éramos siete, incluido un niño de 6 años. Íbamos en ómnibus a la Costa de Oro con un espíritu digno de estudiantina. Al coche subieron otras personas, la mayoría de los asientos se ocuparon y el pasillo quedó vacío. Nosotros viajábamos en el fondo, intercambiando desafíos de fútbol y naipes; amenazándonos mutuamente con derrotas humillantes.
Dos muchachos se subieron. Llevaban chalecos de un centro de rehabilitación de adictos. Uno de ellos quedó adelante junto al chofer, y el otro se puso a repartir volantes entre los pasajeros. Ninguno de nosotros tomó el papelito que el muchacho ofreció: estábamos conversando. El rehabilitado que estaba adelante comenzó a hablar de las maravillas de la obra a la que pertenecían, de cómo los había rescatado de las garras de los peores vicios. Repetía mucho la palabra “droga”, como una entelequia satánica. También abusó de la palabra “niños”. Su compañero se quedó parado cerca nuestro; nos miraba fijo. Su actitud pretendía ser intimidante, la tensión se acumulaba en su mandíbula y sus ojos buscaban los nuestros ojos como sabuesos.
Rehabilitado del frente seguía hablando: “Drogas”, “niños”, “milagro”, “drogas”, “dios”, “colaboración”, “drogas”, “rehabilitación”, “niños”, mientras nosotros cargábamos 5 litros de vino y porro como para que dos jamaiquinos vivieran una semana. Rehabilitado del fondo continuaba con la actitud hostil. Su mensaje era claro: “Subimos a hablar, escúchennos, respétennos”. El nuestro, de apariencia más egoísta, era muy similar: “También estamos hablando”.
λ) Caramelos
Mismo viaje, kilómetros más adelante: “Señoras y señores pasajeros, no vengo acá con una historieta sobre mis hijos y que tengo que llevar el pan a mi casa”, comenzó el mensaje del vendedor. “No voy a pedirles que me paguen esto de acuerdo a lo que dicte su corazón o su bolsillo”. Hacía referencia a los discursos de otras personas que igual que él suben a los ómnibus a ofrecer distintos artículos o a pedir limosna y dicen: elprecioloponenustedes,concadabolsillo,concadacorazón.
“Ustedes deben estar hartos de que les mientan y no es mi idea. Yo vendo inciensos, es una mercadería. Ustedes la ven y si quieren compran” agregó, mientras comenzaba a avanzar por el pasillo repartiendo las cajitas con 10 varitas cada una.
La estrategia del tipo era sencilla y mezquina. Hablaba mal de los demás, ubicándose en el lugar del pasajero que está harto de que suban a mangarlo. Él era un comerciante, un igual a las personas que pagaron el boleto y cotidianamente “sufren” a otros personajes que suben al ómnibus con sus mismas intenciones que él. En su discurso, los otros eran limosneros o, cuando menos, comerciantes que no igualan su nivel de honestidad. Los otros no formaban parte del “nosotros” que él creaba.
Pocos aceptaron las cajitas de inciensos “para mirarlas sin compromiso”, ninguno de nuestro grupo de viajeros. “Gracias a los que tomaron la cajita y a los que no, reflexionen sobre su conducta, que tienen muchas cosa que yo quisiera tener y sin embargo estoy acá blablablabla.” Ahora el vendedor ya no se ubicaba en el lugar de los pasajeros, se paraba más arriba. Dictaba cátedra de moral, nos reprochaba; buscaba nuestra culpa. A tomar por culo.
ώ) Tetas
Sol, faso, vino, pizza a la parrilla, morrones rellenos, calabacín agridulce a las brasas, naipes y fútbol, una jornada altamente recomendable. Suena el celular. “Holaaaa” dice una a la que se le dio por llamarme cada vez que se toma media copa de más. Me contó que la noche anterior había salido con un tipo que le había pintado el cuerpo con helado y M&M, que él le había recorrido la piel, la había tocado, la había olido. “Cogimos muy bien”, dijo. Le daba miedo que él pasara a ser importante, que ella se volviera insegura (“justo ahora que estoy sintiéndome bien conmigo”). La charla siguió. En algún momento le hablé de sus tetas, capaces de alimentar una tropa. Se ofendió. “Yo te recuerdo como un gran amor y vos a mí como un par de tetas y unos buenos polvos”, fue el reproche.
Traté de hacerle entender que lo importante no es el porqué sino el qué. En definitiva la recordaba gratamente, formaba parte de mi memoria, de mi experiencia de vida y de mis emociones pasadas. ¿A qué se debía eso? Tanto daba. ¿Por qué vale menos el recuerdo físico que el emotivo? Pero no hubo caso, no entró en razón y cuando le pedí una foto de su escote, me trató de guarango y cortó.
14.1.10
Asado, pulpón, morcillas y chorizos
-Somos lo que comemos. Se vegetariano.
-Yo soy de carne ¿y vos?
9.10.09
Nacionalidad
- Ah ¿usted es uruguayo? No se ofenda, pero pensé que era argentino porque en los dos países hablan igual.
5.10.09
Rosalba, la colombiana
-Oye gringo ¿sabes cómo me llaman? Yo soy Rosalba, pues tengo la cuca calva
-En mi país te dirían Adelaida, pues tienes las tetas caidas
27.3.09
Saludos
En la mesa duraznense había una chapita de bronce. "Sorocabana, 1989. Alrededor de esta mesa el escritor y poeta Orlando Aldama compartía el ocio con sus amigos. 24/1/87", anunciaba.
A mí, cuando me voy de los boliches de mi barrio, me dicen "hasta mañana".
21.10.08
Transpiración, causa y efecto
El Sr. Comedido salió a pasear por las calles de Buenos Aires. Viajó unos 45 minutos en tren, caminó 3 o 4 cuadras, y por fin llegó a la peatonal Florida. Recorrió esta calle, llenó sus oídos de voces que pronunciaban palabras en portugués, chino, inglés e incluso algo que le sonó a holandés. Deleitó su estómago en un café, se endulzó en una tienda de alfajores, y se dejó apabullar por el movimiento masivo incesante, por los cientos de colectivos que se apelotonaban en todas las esquinas, por los miles de autos que circulaban en perfecto desorden, por los taxis que le hacían respirar un deshecho distinto, ya que en lugar de nafta utilizan gas. Horas más tarde, Comedido llegó a donde se hospedaba. Frente a un espejo, notó que su frente brillaba. Se pasó la mano por la superficie que relucía, y no pudo reconocer la textura. No era su transpiración habitual. Tras muchas vueltas, concluyó que el adjetivo que mejor describía el estado de su piel era “aceitoso”. Filosofando en la ducha, atribuyó la novedad al cambio de ambiente, y se preguntó si sería posible determinar qué tipo de sudoración genera cada ciudad. También pensó en llevar una bitácora de transpiraciones donde acumular sus experiencias en futuras travesías.